Me acabo de enterar de que Leo Messi se retira de la selección Argentina. Gracias por tanto capitán! ⚽🌟🌟🌟
Dejo en conmemoración la crónica que escribí de mi breve experiencia viendo al 10 en persona y la selección Argentina jugando durante el Mundial 2014 de Brasil (con un final levemente premonitorio).
Crónica :
Viernes al mediodía (25 horas antes del partido Argentina vs. Bélgica), le escribo por casualidad a mi amigo Gaspard para preguntarle si quiere salir a andar en bicicleta el domingo. Pero me dice que no va a poder, ya que el domingo por la mañana estaría volviendo de ver el partido de cuartos de final en Brasilia.
Gaspard es Belga y vio todos los juegos de su selección hasta la fecha. Lo dejamos para la próxima, me dice, y como al pasar me pregunta si no me interesaría ir con ellos.
¿Cómo?, le pregunto, y me dice que tiene una entrada a la venta.

Lo pienso un minuto: si bien jugué mucho de chico, nunca fui un gran fanático del fútbol. Pero desde que comenzó esta Copa me arrepentí de no ir a ver por lo menos un partido de la Selección. Hiro termina de convencerme de que no deje pasar esta oportunidad. Le confirmo por teléfono y enseguida compro vía web un pasaje de colectivo para Brasilia.
Almuerzo, me baño, meto tres cosas en la mochila y, a solo dos horas de la llamada, estoy saliendo de casa hacia la terminal rodoviaria de São Paulo.
A las 16:30 hs me encuentro con Gaspard y embarcamos separadamente en un viaje de 14 horas y media hacia Brasilia, lugar que siempre quise conocer por la obra de Niemeyer.
El viaje es largo, con muchas paradas y con el pequeño inconveniente de que viajo junto a una joven mamá con un bebé de un año, más otra del otro lado del pasillo con uno de seis meses. Llantos en estéreo.
A esto se suman mis compatriotas, que parecen no entender que “parada de 10 minutos” en portugués y en español significan lo mismo y agregan minutos de espera al ya larguísimo viaje. Por la radio de unos vecinos escucho que Brasil le ganó a Colombia y que Neymar se quebró algo. Primero escucho que una costilla, después la tercera costilla y finalmente la tercera vértebra. Más tarde me entero de que quedó fuera de la Copa. Un bajón.
Vale decir que hicimos parada en algunos lugares bastante raros. Como una panadería en un pueblito a las 2:30 de la mañana, con camionetas estacionadas con las puertas abiertas y funk a todo volumen. Resumiendo: no dormí en todo el viaje.
Sábado, 7:00 am llegamos a la terminal de Brasilia, que ya es un mar de hinchas Argentinos, Brasileños y Belgas. Me encuentro con Gaspard y poco a poco se conforma la Torcida Belga. Somos algo así como ocho personas. Yo, que nunca me compré una camiseta de Argentina, paso desapercibido.

Cada 10 metros alguien te pregunta: “¿Tickets, tickets?”, lo que significa dos cosas: o te quieren vender entradas truchas o te quieren afanar las originales. Não, obrigado.
10:00 am llegamos al hotel en donde se hospeda el padre de uno de los Belgas y, casualmente, también varias de las esposas-vedettes de los jugadores de su selección.
Luego de un infructuoso intento de comprar una camiseta de Argentina en el shopping cercano, almorzamos, tomamos unas birras y volvemos al hotel, en donde se concentran lentamente algunos hinchas más.
Como estoy un poco ansioso, decido ir por mi cuenta hacia el estadio. De todas maneras, mi asiento está separado. Una marea de camisetas albicelestes inunda las calles de Brasilia. Pareciera como si los edificios se hubiesen pinchado y dejasen correr un río de hinchas desde sus entrañas.

Sábado, 12:00 pm llego al Estadio Nacional Mané Garrincha, famoso por ser el más caro del mundo a la fecha (1,6 billones de dólares), o el más corrupto. Y hay que decirlo: la organización es excelente.
Hay miles de guardias de seguridad, tropas de choque, caballería, perros, motos y camiones blindados por doquier. Ley de tolerancia cero. Cámaras de TV de todo el mundo entrevistan a los hinchas. Helicópteros sobrevuelan la multitud.
Paso los chequeos de seguridad en cinco minutos y llego al pie de las escaleras del estadio, que es realmente espeluznante. Esta es solo mi segunda vez en un estadio; la primera fue un River vs. Colón en el Monumental, 15 años atrás, y esto no se le parece en nada. Lo único que me viene a la mente es un Coliseo Romano del siglo XXI.
El interior del estadio es inconmensurable. Pareciera que las proporciones lógicas no aplican acá. Las plateas se elevan hasta el cielo, pero la cancha pareciera estar al alcance de la mano y ser la mitad del tamaño de la que se ve por TV.
Vale decir que el ambiente es una verdadera fiesta, ya que los parlantes pasan música electrónica a todo volumen y muchos bailan. Helicópteros sobrevuelan el estadio. Pasa volando la cámara suspendida. Esto es un show.

Me dirijo a mi asiento, comprado originalmente por Gaspard, el cual tiene una excelente ubicación arriba y a la derecha del arco Belga. Él y los otros están todos juntos en la platea superior. Para mi sorpresa, alguien me saluda desde dos filas abajo.
Es un marplatense que vino en mi mismo ómnibus y con quien crucé unas palabras en una de las paradas.
Me junto a él y a otros Argentinos: tres tipos grandes adelante, cinco pibes atrás y, a mi izquierda, un hincha digno de la mejor barra brava porteña.
Entran los jugadores a la cancha bajo el tema “Thunderstruck” de AC/DC y la hinchada enloquece.

Vemos a los ídolos en las pantallas gigantes, presentados con acento Brasileño. Entre ellos: Messi, Di María, Mascherano, Higuaín, Romero, Lavezzi, Agüero, etc. Cantamos el himno y tiran la monedita mientras 68.551 hinchas esperan la pitada inicial.
13:00 hs comienza el partido. El estadio es una mezcla eufórica de cantos, gritos y puteadas en español, portugués y francés. Argentinos, Belgas, Brasileños, extranjeros, vendedores, niños, viejos y familias, todos mezclados.

Antes de que pueda asimilar algo de toda esta locura que acontece a mi alrededor, el Pipita hace volar al arquero Belga hacia nuestro costado y, solo cuando percibo que los jugadores Belgas se paran mirando el piso resignados, entre una mezcla de alegría, histeria y bronca, la hinchada Argentina estalla al unísono:
¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLL!
El sonido es tan ensordecedor que me duelen los oídos. Grito a todo pulmón, pero no escucho mi propia voz. Todos saltamos sin parar y nos abrazamos. El piso de la platea tiembla. Luego de un tiempo la hinchada se calma y solo ahí percibo que perdí la voz y que quedé parcialmente afónico.
La hinchada comienza una competencia de coros en lo que parece una tardía rivalidad entre Pelé y Maradona: “Brasil, decime qué se siente…” vs. “Mil gols, mil gols, mil gols…”. Esto se repite hasta el hartazgo. El barra brava porteño empieza a discutir con un Belga de más abajo y casi se trenzan a trompadas. En segundos llegan seis hombres de seguridad con cascos, escudos y bastones y la cosa es contenida.

Abajo en la cancha, el Pipita, por su parte, casi noquea a Sabella haciendo estallar una pelota contra el palo Belga. Messi, a su vez, manda un tiro libre sobre el travesaño. Es importante notar que en la platea el revuelo es tal que es muy difícil seguir el partido.
Pero el juego sigue. Di María, el Pipita y Mascherano brillan. Los Belgas juegan bien, son rápidos, técnicos, pero no logran empatar. Los minutos cuentan 90, pasa el adicional y el árbitro pita el final.
Argentina nuevamente en semis después de 24 años.

Festejamos como locos otra vez. Me despido de mis compatriotas y me voy en busca de mis amigos Belgas.
Los encuentro cabizbajos a la salida del estadio y, para mi sorpresa, todos me felicitan. Honestamente, creo que también podría haber ganado Bélgica, ya que hizo una excelente campaña en esta Copa.
Alrededor de las 16:00 hs nos reunimos nuevamente en el hotel, donde se arma un grupo de unos 12 Belgas y nos dirigimos hacia un bar de samba para ver el partido Holanda vs. Costa Rica. Yo me siento un poco como un espía.
Llegamos al bar una hora después. La calle está desierta (es sábado), pero detrás de unas barreras de chapa se escucha música. Es una mezcla de bar abierto, recital en vivo y boliche bailable bastante des prolijo, en la planta baja de un edificio de oficinas.
El público es algo peculiar: un montón de Brasileños y extranjeros, más un enorme número de señoritas de vestidos coloridos, apretados y tacones de aguja. Parece un buen lugar para consolar a hinchas de fútbol desahuciados.

Entramos con cierta cautela, pero luego de iniciado el río de cerveza helada, samba en vivo, baile, fútbol y buena onda, todo comienza a tomar su propio ritmo. Anochece. El partido en la TV termina y veo que mis compañeros miran con algo de letargo a su ahora imposible futuro oponente: Holanda.
Un tiempo después, Gaspard me dice que algunos fueron invitados a una recepción. Le digo que entonces nos vemos después en la terminal de ómnibus, pero él me colocó también en la lista. Paramos un taxi que nos lleva a todos sin problemas: 1 en el baúl, 5 atrás, 1 en el frente, más el taxista salimos a 100 km por hora por las calles de Brasilia. Por la ventana veo pasar fugazmente los edificios de Niemeyer.
Llegamos a las 19:30 hs y la “recepción” resulta ser en realidad un brindis oficial en la Embajada de Bélgica en Brasilia, en el que están presentes el primer ministro, el embajador, el cónsul y el secretario de deportes, más varias otras celebridades de ese país. Se dan varios discursos felicitando al equipo nacional por la campaña en la Copa.
Yo, a esta altura, me siento un marciano en Plutón, pero gracias a mis compañeros, quienes me animan y se ríen un poco de toda la situación, todo se hace más ameno.

Cabe notar que todos estamos con lo puesto y mis compañeros llevan las remeras de fútbol y demás atuendos característicos de los “Red Devils”: pelucas, cuernos luminosos, tridentes inflables, capas y pintura roja en la cara. Esto da un contraste más que pintoresco con los invitados de traje y vestidos largos, entre cámaras de TV y periodistas venidos desde Bélgica para documentar la ocasión.
Luego de varias copas más de cerveza, caipirinha y champán, es hora de partir hacia la terminal de ómnibus.
21:30 hs llegamos a la terminal y yo ya no puedo ni mantenerme en pie del cansancio acumulado, tanto físico como mental. Comemos algo rápido en los locales que están cerrando. Un Argentino por acá se queja y otro por allá quiere pegarle a alguien por alguna razón. La gente está cansada e incordioza. Subo al ómnibus y, por suerte, me toca una compañía más amena que la primera vez. Partimos y duermo como un tronco las 14 horas y media siguientes.
Niemeyer quedará para la próxima.
Llegamos a São Paulo el domingo tipo 11:00 am. Me despido de mis compañeros de odisea. Apretones de mano y abrazos. Chau, Gaspard, Dennis, Philip, Gabriel, Caroline, Benoit, Henri y Torcida Belga. ¡Gracias por la compañía en esta aventura!
Entro a mi casa pensando que necesito sentarme urgentemente a plasmar algo que capture al menos una pizca de todo esto que pasó en las últimas 47 horas desde que le escribí a Gaspard para salir a andar en bicicleta.
En fin, salió esto: un breve resumen de lo que fue mi Copa do Mundo 2014. Y mientras termino de escribir a las 3:00 am del lunes, me pasa por la cabeza algo nada original y que todos los amantes de este deporte con seguridad piensan en algún momento:
“Si no es esta, será la próxima. O la otra. O la que vean mis hijos. O la que vean los hijos de mis hijos. Pero vamos a ganar. TENEMOS QUE GANAR”.
Agustín Graham Nakamura
07/07/2014
